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Mensaje  LUKANKASI el Miér Abr 04, 2012 4:05 am

]quote="lukankasi"]La Arqueología de la esclavitud en Cuba
Dadas las características que se han plasmado en el estudio de las fuentes arqueológicas, es bueno anotar que las investigaciones efectuadas en Cuba acerca del proceso de la
esclavitud, son de un valor incuestionable, por tal razón pasaremos a analizar el segundo objetivo de este trabajo: como las fuentes arqueológicas investigadas han contribuido al
estudio general de la esclavitud en el país del Caribe. Los españoles llegaron a esas tierras con el solo afán de lucro, de sustraer la mayor cantidad de riquezas para regresar llenos
de gloria a España, pero siempre con los bolsillos llenos. Para lograr esto, necesitaban aumentar cada vez más sus posibilidades de extracción de recursos, tanto de las tierras
otorgadas como de los hombres que por una casualidad histórica les fueron encomendados (Saco, 1982:38).
Para poder llevar a efecto todo lo que pretendían, confeccionaron leyes arbitrarias, se repartieron el mundo americano y hasta dudaron de la condición de seres racionales de todos
aquellos que encontraron en estas tierras. Casi al mismo tiempo del descubrimiento de América se hicieron otros en el continente africano; los europeos se permitieron formas
similares de tratamiento a los habitantes de ambas tierras, puestos que estos poseían un nivel socioeconómico similar, de aquí que el sistema de esclavitud implantado resultó tan
parecido. Así comenzó la explotación del nuevo mundo.
Cuando los brazos, para ellos débiles, de esta masa indígena, no les sirvió más a sus intereses, y en ese momento había comenzado la disputa sobre la posible legalidad de estos
actos de atropello con loas indígenas, comienza el desmedido trasiego en la costa africana con la captura y compra de hombre negros, a los cuales se les introducía en cantidades
considerables en las tierras de América, actividad que alcanza su apogeo en Cuba a finales del siglo XVIII y los dos primeros tercios del siglo XIX.
Existen fuentes documentales que datan del inicio de la colonización, en el siglo XVI, que acreditan la llegada de negros esclavos al caribe (Franco, 1968: 98) y en especial a Cuba.
La misma desgracia une en un comienzo al indio y al negro, por esta razón los primeros cimarrones y los iniciales palenques no fueron de negros sino de indios (Ortiz, 1975: 79).
Ellos enseñaron a los negros la forma de salir al monte y buscar la libertad, "... la fuga era el ideal del esclavo, porque significaba la libertad temporal cuando menos" (Franco,1968:
91).
Así se observa que algunas palabras en el léxico de la época como por ejemplo, "asiento", era usada para determinar la estancia de un grupo de hombres en un lugar preestablecido,
se usaba indistintamente para indios y negros, al igual que "cimarrón" y "palenque" (Ortiz, 1975: 80). Aún en la literatura arqueológica actual, se le dice asiento a un sitio aborigen
(Tabío y Rey, 1978).
Sobre la base de todo lo apuntado anteriormente, estudiamos el indudable valor y la utilidad de la fuente arqueológica, la cual permite un aporte transformado e inapreciable
información, como, por ejemplo el patrón habitacional de los esclavos a través de las diferentes épocas, sus rituales funerarios en el siglo XIX y los diferentes objetos personales que
diariamente acostumbraban a tener consigo y los que usaban en el momento de la muerte.
Cuando el colonizador español logró establecerse en el nuevo mundo, es decir cuando su emplazamiento urbano se hizo permanente y no tuvo que utilizar el caserío indígena para
subsistir en el medio, pudo utilizar mejor la fuerza esclava que tenía en los indios. Utiliza primero la Encomienda, la cual le da resultados satisfactorios por algún tiempo, pero más
tarde concentra a los indios en poblados a los que llama Experiencias Indias, que después al pasar el tiempo los convertirá en Pueblos de Indios, algunos de los cuales han devenido
poblaciones, como son Jiguaní en la actual Provincia Gramma, el Caney en la provincia de Santiago de Cuba y Guanabacoa en la provincia de C. Habana, entre otros. En la provincia
de Holguín existe un sitio arqueológico, el Yayal, del cual quedan solo los restos de su capa antropogénica y que fue en su tiempo una de estas concentraciones indígenas a partir de
un gran sitio habitacional prehispánico (Domínguez, 1984). De este sitio se han realizado una serie de estudios considerándose actualmente como una posible área de reducción de
diferentes grupos aborígenes de la región de Banes, ya muy entrada la etapa colonizadora. Del Yayal solo se ha podido investigar a partir de métodos arqueológicos debido a que los
documentos son muy limitados.
El patrón habitacional del Yayal es muy parecido al utilizado por los aborígenes agroalfareros de Cuba, esto se ha podido determinar a partir de investigaciones de campo hechas en
el lugar (Domínguez 1983: 187-250). Su verdadera razón de ser fue la concentración indígena que los colonizadores españoles empleaban dentro de la hacienda de Francisco García
de Holguín y que posiblemente traían de las densamente pobladas áreas de Banes, adonde era difícil el acceso de los españoles, sin recibir la hostilidad de sus moradores
autóctonos.
En las múltiples excavaciones del lugar, se han exhumado una serie de objetos que fueron parte de la vida cotidiana de sus habitantes, tanto indios como españoles, donde podemos
observar la simbiosis que debió originarse al convivir estas dos culturas. Ejemplo de ello tenemos como herramientas de trabajo, un hacha petaloide al estilo Arauco pero
confeccionada en hierro martillado, vasijas de barro cocido hechas a partir de la técnica del enrollado, técnica aborigen, pero con formas medievales europeas, adornos colgantes
realizados en fragmentos de mayólica del siglo XVI, policromada, cuentas de barro imitando las de cristal, entre otros materiales (Domínguez 1984: 84).
En su gran mayoría, los negros esclavos de origen africano que llegaron desde los primeros momentos del siglo XVI, se ubicaron en la servidumbre, pernoctando con sus amos en
las casas de vivienda urbana o rurales, tal vez en áreas aledañas a estas; aunque no hay referencia, es lógico pensar que pudieron convivir también en los caseríos indígenas de la
época, ya que posteriormente utilizaron el mismo sistema de emplazamiento en su patrón habitacional. En años posteriores, a medida que va aumentando la población negra, surgen
otras formas de alojamiento, como es el llamado conuco, que no era otra cosa que una pequeña parcela que se le proporcionaba al esclavo dentro de la propiedad rural, donde
emplazaba su bohío, podía tener siembra de autoconsumo y algunos animales, por lo que se autoabastecía. Estos conucos formaban a veces caseríos los que interesantemente
toman como ya dijimos similitudes con los emplazamientos de la población originaria. La casa del negro esclavo toma el nombre de bohío y el área central de concentración batey
(Zayas, 1914:14).
A finales del siglo XVIII, con el auge azucarero, se cambian algunos rudimentos del hábitat del negro esclavo, sobre todo en la vivienda. Al consultar la obra El Ingenio de Moreno
Fraginals (Moreno Fraginals 1978: 69) estamos de acuerdo en que hay tres etapas en el patrón habitacional de los negros esclavos en esta época, así se refleja en el trabajo
arqueológico, tanto en las haciendas cafetaleras como en las azucareras. Primeramente el amo ubicaba al esclavo con sus respectivos conucos en un área determinada de la finca y
estos se situaban al arbitrio, generalmente dejando plazas en el centro de un grupo de viviendas, el sistema de vigilancia era efectivo entonces, porque la zona a cuidar y el número
de hombres era exiguo, esto se puede observar en la reconstrucción del cafetal "La Isabelica" construido en la Gran Piedra, Santiago de Cuba (Boytel Jambú, 1962:25).
Con el esplendor azucarero de finales del XVIII y del XIX, podemos considerar otro momento diferente en el asentamiento de los esclavos en las haciendas: la dotación que ha
aumentado y aumenta considerablemente, necesita mas vigilancia, por esta razón la distribución de las viviendas se realiza de otra forma, ya que en este momento se dan
orientaciones en el trazado de la planta de la fábrica de azúcar, de aquí que ahora los bohíos de los esclavos se emplacen en forma de U, o sea en dos líneas paralelas, con una
plaza rectangular delantera y cerrada con el bohío mayor en uno de los extremos, y desde el cual se controlaba la "negrada", forma despectiva con que se expresaban de los
esclavos.
A partir de 1830 cambia otra vez el status de los esclavos, se implanta el barracón cerrado o barracón de patio, realizado de cal y canto (Moreno Fraginals, 1978:74) el cual se erigía
de forma cuadrangular, con un patio central y cuarterías dispuestas a su alrededor, a los cuales también se les llamaba bohíos. En este tipo de barracón se optimiza la posibilidad de
vigilancia ya que la huida de la dotación se hacía cada día más frecuente. "El barracón fue el máximo símbolo de la barbarie esclavista" (Moreno Fraginals, 1978:71), era un baluarte
de piedra de piedra que se convirtió en una verdadera cárcel.
Debemos aclarar que es solamente en el occidente de la Isla donde realmente se empleará esta construcción que hoy día, todavía en algunos casos, quedan en pie como vivos
ejemplos de un pasado oprobioso. Podemos citar muestras de estos inmuebles que se han conservado hasta nuestros días: en el poblado de Juraguá, provincia de Cienfuegos, se
conserva un barracón de patio tan bien conservado que estaba habitado conservando su facha y la estructura cuadrangular casi intacta, con la característica de poseer en pie todavía
el segundo piso delantero de madera y que servía de vivienda al contramayoral.
Otro ejemplo, también muy bien conservado es el barracón de patio del ingenio Taoro, en la provincia de Ciudad de la Habana, el cual ha sido objeto de varias etapas de
excavaciones arqueológicas entre los años 1968 al 1970. El sitio arqueológico Taoro se encuentra enclavado en el camino que va desde la playa de Santa Fé hasta el poblado de
Cangrejeras y es parte de la Agrupación Ganadera del Oeste (Plan Niña Bonita). Es un sitio multicomponente donde encontramos ruinas de una antigua fábrica de azúcar, la cual
debió ser en su tiempo de considerables proporciones, con casa de máquinas, almacenes, la torre, aljibes y un cementerio. Actualmente quedan en pie pocos elementos ya que le ha
pasado una carretera por el medio pero quedan en pie el campanario y el barracón. Del trabajo arqueológico realizado en este barracón se pueden referenciar algunos aspectos que
han permitido el afianzamiento del conocimiento de este inmueble, como por ejemplo se logró enmarcar la zapata para reconstruir su verdadero perímetro de construcción y se
llevaron a efecto algunas calas de prueba con el objetivo de lograr la mayor información del modo de vida en el mismo. Se procedió también a buscar los emplazamientos de
almacenes, enfermería y la carpintería, En el proceso de destape arqueológico se pudo comprobar que habían sido destruidos inicialmente por un intenso fuego, debido a que en las
excavaciones se observa, a unos 0.20 m de la superficie actual, la presencia en los sedimentos de un activo fuego así como el hallazgo de piezas quemadas, sobre todo botellas de
vidrio fundidas por el calor.
A partir de estas labores arqueológicas se exhumaron casquillos de balas, pomos de farmacia, diferentes tipos de botellas contenedoras de vinos y otros líquidos y cazuelas de barro
rojo posiblemente utilizadas para cocinar y baldes de metal, entre otras cosas. Es una característica del siglo XIX, al modernizarse la planta de los Ingenios de azúcar en el occidente
del país, que se cambia en algo el formato de barracón de patio, manteniéndose su distribución, pero el material constructivo es en cal y canto, en el caso del Ingenio Taoro, que
entra de lleno en estos cambios, el barracón es construido de estos materiales, utilizando la piedra de las canteras cercanas a los pueblos de la Playa santa Fé y Cojímar.
En este momento concurrían varias disposiciones que exigían dimensiones y características determinadas en la ejecución de estos edificios. El tamaño del alojamiento interior del
esclavo, según lo dictamina el Reglamento para esclavos (Pérez de la Riva.,1975: 26) promulgado en 1842 indica que debía tener proporciones muy definidas. En el
Vademécum de los hacendados cubanos (Pérez de la Riva, 1975: 22), se exponen también reglas e indicaciones muy precisas para la fabricación de este tipo de vivienda,
sobre todo se emiten criterios muy oportunos sobre la protección de la propiedad que estos inmuebles contenían, o sea, la vigilancia de los negros de la dotación que se encontraba
en su interior.
Una de estas precauciones sugeridas en el documento, era la concerniente a las puertas y su ubicación en el edificio, sobre todo la puerta principal, que se sugiere sea única; sin
embargo, el barracón del Ingenio Taoro, no se ciñe a dichos consejos, ya que poseía dos puertas principales y delanteras, una para la entrada de los esclavos donde tenía instalado
el torniquete contador y la otra para el trasiego de carros y el personal adjunto que convivía en el lugar, como eran el contramayoral custodio de los esclavos, los chinos, los
trabajadores de la cocina, entre otros.
De acuerdo con la investigación de Pérez de la Riva (1948: 136) los barracones construidos en los ingenios del oriente de Cuba pueden haber sido únicos en su especie, ya que no
hay similares en el resto del Caribe, Venezuela ni Estados Unidos de Norteamérica, y que constituían un conjunto de chozas o pequeñas viviendas, donde pernotaban los esclavos, a
la usanza inicial. Algo similar, pero no igual fue la senzala brasilera, edificación para esclavos, que nunca llegó a tener las proporciones del barracón cubano.
El costo de estas construcciones alcanzaba a veces hasta 20,000 pesos oro, sobre todo las que poseían grandes proporciones y patio interior. Es bueno aclarar que no todos los
ingenios tenían barracón, aún en el occidente de País, donde siempre fueron más comunes. Estos edificios para la estancia de los esclavos adquiridos solían tener entre 60 y 100
cuartos o divisiones interiores; su aspecto exterior era uniforme y parejo como una gran caja, de paredes lisas y estucadas del color de la cal, o sea amarillento y por lo general, con
un segundo piso en su fachada, generalmente de madera para la vivienda del contramayoral. Al parecer Taoro no tuvo este segundo piso, pues en sus ruinas actuales no podemos
detectar estos elementos para acreditarlo. En el barracón de Juragua, todavía se observa esta segunda planta de madera.
El barracón de esta casa de azúcar tenía alrededor de 60 habitaciones, esto se ha podido inferir del trabajo arqueológico realizado en las ruinas existentes; estas habitaciones
llamadas bohíos. Servían de vivienda para los negros y su tamaño aproximado era de 2 m por 3 m. Tenía una letrina interior situada en el lado suroeste de aproximadamente 4 m por
5 m, quedando fuera de la línea de construcción de los cuartos/ Al noreste estaba el aljibe — muy escasa su presencia en edificaciones de otros barracones — con una capacidad
aproximada de 14,000 galones de agua potable y se llenaba a partir de la recogida de agua de los cobertizos interiores y el sistema de canales de toma de agua lluvia.
Los pisos del barracón de Taoro, en la parte de los cubículos o bohíos eran de caliche apisonado, así como también el de los patios y otros recintos interiores. La ventilación era muy
pobre, los cuartos tenían pequeñas puertas y ventanas que daban para el interior del patio, pero para el exterior nada; en el caso de este Ingenio se puede comprobar todavía la
presencia de orificios o airantes hechos con fragmento de atanores o tubos de cerámica, colocados tanto en las posiciones delanteras como también en la letrina.
En el centro del patio interior generalmente se encontraba la cocina con una especie de cobertizo, bajo el cual tomaba los alimentos la dotación que vivía en él. La techumbre del
Ingenio Taoro, era de una sola agua, tapizada con tejas criollas producidas por el tejar Zarate, el cual pertenecía a los mismos dueños del[ Ingenio; estas tejas están marcadas con
una Z en la parte inferior de la paleta. Las puntas de los muros eran aproximadamente de 4.5 m en la parte más alta y de 4 m en la inferior, confeccionados de cantería cortada en
bloques de aproximadamente 0.50 m por 0.70 m. Se calcula que en este barracón habitaban unos 300 seres humanos de los cuales la documentación plantea que 224 eran negros
esclavos y a los que se le debe agregar los chinos o culíes que trabajaban, el contramayoral, el personal de la cocina, la cebadora o mujer que cuidaba a los criollitos, o sea los hijos
de los esclavos.
El trabajo arqueológico efectuado en el lugar se realizó en diferentes etapas, realizándose inicialmente una exploración exhaustiva y la delimitación de los espacios a partir de la
zapata. Se efectuaron posteriormente pozos de prueba así como excavaciones de áreas específicas del inmueble. De estas excavaciones controladas estratigráficamente fue
exhumada una cantidad apreciable de objetos pertenecientes a la vida cotidiana de los moradores de este barracón. Entre los cuales podemos señalar pipas de fumar del siglo XIX,
cuentas de collares, botones de hueso de dos y cuatro orificios, amuletos colgantes, ollas de cocina, cerámica o loza industrial del siglo XIX posiblemente europea, cristal, botellas de
vidrio, entre otros materiales.
Generalmente anexada a este conglomerado industrial azucarero de nuevo tipo, estaba la última morada de su principal trabajador: el cementerio de esclavos. El esclavista, a fin de
cuentas no quería tener cargos de conciencia y le daba "cristiana sepultura" a quienes había avasallado en vida. El dueño del Ingenio Taoro, en este momento no se quedó atrás y a
unos 550 m al este de la Torre del campanario, encontramos un pequeño cementerio de unos 100 m2 con muros de contención de 1.20 m de alto y 0.45 m de ancho, realizados en
mampostería y con la siempre clásica "piña de ratón" a sus alrededores, arbusto que le servía para proteger el lugar de las incursiones de animales. Esta ínfima parcela contenía
también hacinados, al igual que en barracón, los restos de aquellos que por la fuerza habían traído de tierras africanas.
En 1970, por vez primera en Cuba, y posiblemente en el Caribe, se llevaron a cabo excavaciones arqueológicas sistemáticas y controladas en un cementerio de esclavos, las cuales
formaron parte de un conjunto de trabajos realizados por la Academia de Ciencias en el Ingenio Taoro. Antes de iniciar estas excavaciones y de acuerdo con la estrategia a seguir en
la investigación se tuvo como objetivo detectar inicialmente la forma de enterramiento o sea como estaban enterrados los esclavos en esta área enmarcada. En dependencia de esto,
se trazó una primera trinchera en dirección norte-sur, desde una pared a otra, la que a los pocos metros de corte permitió detectar algunas tumbas y en el centro de cuadrados
utilizado para cementerio un osario central.
Este osario era de forma circular con un metro aproximado de radio, construido en piedra y argamasa. Se tomó la decisión de exponerlo en su totalidad. Exhumándose del mismo una
cantidad bastante grande hueso, los mismos no fueron cuantificados por que el deterioro era muy ostensible, al extremo a veces de no poder dilucidar que tipo de hueso era. En este
mismo osario si aparecieron unas cuantas docenas de dientes humanos, entre los cuales se encontraron varios limados en forma cónica, los clásicos dientes mellados, y que fueron
objeto de estudio posteriores en la Universidad de La Habana (Rivero de la Calle,1974: 104). De todos es conocido que estos dientes mellados son una usanza clásica del Africa
subsahariana.
En el extremo de esta larga trinchera, que alcanzo 3 m de largo por 1 m de ancho, se cortaron dos trincheras mas hacia el este, las cuales dieron una visión de la forma de
enterramiento, debido a que se encontraron alrededor de unos diez esqueletos que no guardaban relación ni ordenamiento; con esto se pudo demostrar la arbitrariedad que primaba
en el lugar al efectuarse el sepelio, ya que colocaban el cadáver en un hueco sin orden alguno, o sea, lo mismo enterraban a una persona en un espacio que al tiempo después
colocaban otra encima o en parte del nicho anterior ocupado por otra osamenta; la profundidad de los entierros oscilaba entre 0.20 m y 0.65 m, prácticamente a flor de tierra,
contando que el área no había sido removida posteriormente.
Se pudo constatar que la gran mayoría de los entierros habían sido sin cajas, posiblemente envueltos en sus propias mantas. En muchos casos se les mantenía la ropa o
esquifacción, ropa propia de los esclavos, lo que sabemos por encontrar botones a la altura de medio pecho, como los dibujos de la época lo muestran. También en algunos casos
hemos encontrado que en el momento del entierro los esclavos mantenían sus abalorio y atributos religiosos.
Se verifico arqueológicamente, que en seis de los entierros exhumados en la trinchera 2 y 3 hubo presencia de botones de hueso de dos orificios, que pertenecían a la camisa y
pantalón del esclavo, así como también colgantes hechos con colmillo de perro, diferentes tipos de cuentas, de madera en color blanco y negras de cristal afacetadas, monedas
perforadas, entre otros. Uno de los resultados fue acreditar que la casi totalidad de entierros eran africanos, en un solo caso se encontró en la trinchera 2 un asiático.
Otra variante en el habitad esclavo, que se puede estudiar a partir de las fuentes arqueológicas, son los palenques o sea los lugares de asentamiento de los esclavos huidos Cuando
el negro africano huía de los lugares donde estaba encarcelado, su único objetivo era "coger monte" — era la única posibilidad que tenía de volver a la libertas y de esta manera se
volvía cimarrón, viviendo entonces la odisea de la huida en lugares intrincados donde el rancheador y sus perros no pudieran encontrarlos.
Esta nueva morada del esclavo cimarrón ha sido muy trabajada por el investigador Gabino la Rosa, en el oriente de Cuba (La Rosa 1984: 84-85), y por Enrique Alonso en la Sierra de
los Órganos, en el occidente de Cuba (com. personal) Ambos investigadores han encontrado cuevas con evidencias de cimarrones, en especial en el occidente se han hallado
algunas evidencias como pipas rudimentarias con decoraciones muy similares a la realizada en la cerámica africana; un peine de madera trabajado mediante la talla, calderos de
metal, ollas de barro burdo y abalorios rituales de diferentes formas, objetos que sin lugar a dudas acompañaron la precaria vida del esclavo prófugo.
Cuando los cimarrones se unían y se establecían en el monte, se formaban los llamados palenques, la documentación nos plantea la existencia de una considerable cantidad de
palenques repartidos por diferentes del país, aunque se ha trabajado y se ha escrito sobre este aspecto nos queda pendiente el trabajo arqueológico exhaustivo para contribuir el
estudio de su patrón habitacional.
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