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Mensaje  LUKANKASI el Miér Abr 04, 2012 4:11 am

lukankasi escribió:venezolanos y cubanos ,,,MISMOS ANCESTROS !!!!!!!!!!

Reflexiones sobre la historia naval prehispánica de Cuba

Por. Enrique M. Alonso Alonso.

Resumen

Teniendo en cuenta los aportes de la ciencia arqueológica y lo poco que se ha abordado la influencia de los factores naturales en su desarrollo, se presentan algunas nuevas hipótesis relacionadas con la navegación en el Caribe prehispánico, lo que pudo haber ocasionado que se poblaran las islas y a ignotos contactos entre los pueblos indígenas de entonces. Tesis que se haría posible probar a través del diálogo entre investigadores de la región, al que se está convocando mediante estos apuntes.


Introducción

Si el concepto Historia Social puede ser definido como proceso de formación y desarrollo de la sociedad humana, se debe reconocer que esa Historia, para cualquier espacio geográfico, comienza con el establecimiento en él de sus primeros pobladores, con independencia de que estos conocieran o ignoraran la escritura.

En los territorios insulares –ninguno de los cuales ha sido identificado como lugar de origen del hombre–, los primeros asentamientos humanos estuvieron necesariamente vinculados con la navegación. De tal manera, el inicio de la Historia Social de Cuba da fe del inicio de su Historia Naval –a su vez es parte de la historia de otras tierras– mediante sucesos que acontecieron no menos de seis milenios antes de 1492, año en que se produjo la primera referencia escrita a su territorio y sus habitantes.

Considerar como inexistente o, en el mejor de los casos, como perdida aquella historia anterior sería imperdonable, puesto que la ausencia de fuentes escritas no implica que el conocimiento de lo ocurrido sea inaccesible, ya que la Arqueología, como ciencia, valiéndose de sus enfoques y técnicas, permite descifrar no solo cuándo y cómo, sino también por qué, quiénes, con qué procedencia, y por cuáles lugares de arribo se produjeron los primeros capítulos de Historia Naval, que dio origen a la Historia Social de Cuba, con la particularidad de que al ser el método hipotético deductivo uno de sus instrumentos básicos, generalmente solo alcanza la verdad histórica de manera gradual.

Para probar estas afirmaciones, objetivo de estas reflexiones, se hace necesario abordar un variado grupo de aspectos, tocantes a temas tales como las causas de aquellas migraciones, la cultura de sus protagonistas, algunas condiciones naturales de la región geográfica donde se produjeron y la distribución espacio-temporal de las evidencias arqueológicas significativas vinculadas al área implicada. Veámos cómo...

Desarrollo

Para cualquier tipo de navegación acuática superficial, las corrientes oceánicas, la de los ríos y los vientos siempre han sido factores influyentes, especialmente para la primitiva. De tal manera, las canoas y balsas primitivas –sin motor o vela– jamás pudieron ser conducidas a largas distancias para seguir trayectorias diferentes a las de las corrientes marinas superficiales.

Para el área del Mediterráneo Americano (Mar Caribe y Golfo de México), el estudio del comportamiento de esas corrientes permite apreciar las óptimas condiciones de la costa sur de Cuba occidental, y de la costa oriental de la península de Yucatán, que se convierten en zonas de recalo de objetos flotantes en el Caribe oriental.

De igual manera, esas corrientes crean condiciones favorables para que objetos flotantes, procedentes de Cuba occidental puedan recalar en la península de La Florida, sus cayos adyacentes o Bahamas. En ambos casos, esas condiciones naturales harían imposibles tales desplazamientos en sentido contrario.

Los vientos reinantes en esta área son, durante casi todo el año, de componente Este, principalmente para la zona occidental, y este régimen se alterna con cortos períodos de vientos de componente norte o sur, de modo que, en general, ellos pudieron facilitar algunas de aquellas travesías.

En cuanto a las causas de esos viajes, es imprescindible comenzar por comprender que sus protagonistas, por razones de modo de vida y, por tanto, de su modo de ser y de pensar, razonaban y se conducían de manera bien distinta a nosotros. Se debe tener presente de que se trataba de grupos humanos con nivel socioeconómico y cultural equivalente al paleolítico, mesolítico y neolítico universal. Para los dos primeros, su economía era de apropiación (solo caza, pesca, recolección y captura como actividades subsistenciales); para el tercero, se sumaba una agricultura primitiva, que los incluye en la etapa de la economía de producción, pero en sus momentos iniciales.



Todo eso significa que en los tres casos –aunque en distinto grado– la subsistencia de los grupos estaba condicionada por las capacidades para sustentar de los espacios que explotaban; cuando el impacto humano afectaba esa capacidad en un territorio, el grupo debía emigrar hacia otro, de modo que, para todos ellos, aunque principalmente para los que solo dependían de “los productos que la naturaleza da ya hechos”, el principio de la exploración constante era consustancial a su modo de ser y de pensar, y así, lejos de ansiar el sedentarismo, conocían que este equivalía a la muerte.


Está probado que esas exploraciones y esos desplazamientos o migraciones se realizaban por diferentes vías, por tierra, a través de las corrientes fluviales y también por mar. Ahora bien, recuérdese que ninguno de aquellos pueblos conocía la geografía antillana, y mucho menos disponían de mapas o de otros medios para diseñar previamente trayectorias, más allá del horizonte marino, aunque todo parece indicar que muchos siglos de experiencia en la navegación fluvial pudieron haberles enseñado que una corriente de agua siempre conduce a algún lugar, de modo tal que no hayan rechazado la idea de que navegar a favor de la corriente en el gran río salado que descubrieron al acercarse al mar, y que eran una buena opción para las necesarias exploraciones... Véase que se ha escrito “exploraciones”, lo que quiere decir que, en ningún caso, se trató de verdaderos movimientos migratorios de comunidades completas, previamente concebidos y planificados. Los exploradores cumplían su misión y, cuando les era posible, regresaban con los resultados de sus indagaciones para, mediante ellos, trazar los futuros planes de migración.

En los casos que nos ocupan, lo más probable es que esos retornos no se hayan podido producir, de modo que los exploradores terminaron “asentándose” en los nuevos territorios descubiertos. Eso indica que los primeros grupos que arribaron a Cuba fueron de ambos sexos, de manera que se pudieron reproducir y mezclarse biológica y culturalmente con los nuevos pequeños grupos que, con igual o diferente procedencia, continuarían llegando.


Hasta donde sabemos hoy, los primeros pobladores arribaron a Cuba entre 6 500 y 10 000 años atrás, portando una cultura equivalente al paleolítico superior, procedentes de alguna zona no identificada aún de tierras continentales circuncaribeñas. La “industria” de piedra tallada, como tradición técnica, que portaba su cultura –que llamamos seborucoide, por el sitio Seboruco, municipio Mayarí, provincia de Holguín, donde fue primeramente identificada– es el indicador arqueológico que ha sido utilizado para identificar su presencia en nuestro país. Unido al hecho de que la materia prima lítica, imprescindible para aplicar aquella técnica, se encuentre únicamente en sectores del extremo oriente y centro de Cuba, lo que ha motivado que sea en esas regiones donde se ubique sus posibles áreas de arribo, aunque ya está probado que también se extendieron por toda la Isla, practicando otras técnicas de talla en diferentes tipos de materia prima lítica.

Estos hechos ya probados, y las inferencias e hipótesis fundadas y contrastables, permiten enunciar la tesis de que: a un occidente de Cuba poblado por estos grupos paleolíticos, paleoindios o protoarcaicos –según se les ha denominado técnicamente, que practicaban un nomadismo total en función de actividades económicas de apropiación de recursos alimentarios, principalmente terrestres, y con densidades demográficas de menos de un habitante por cada dos kilómetros cuadrados– comenzaron a llegar, hace unos 3 500 años, algunos otros pequeños grupos “exploradores”, procedentes directamente del nordeste de la actual Venezuela, los que eran ya portadores de un nivel de desarrollo socioeconómico y cultural francamente mesolítico.

En virtud de otras facetas de aquellas culturas, que sorprenden a quienes no las conozcan, los encuentros entre aquellos pequeños grupos “inmigrantes” y los más “autóctonos” fueron absolutamente incruentos, puesto que ambos estaban necesitados y ansiosos de recibir información “económica” sobre lo que había “más allá”, e igualmente urgidos de recibir nuevo material genético que –aunque parezca anacrónico– ya habían identificado como remedio contra los desastres de las uniones consanguíneas. Esos encuentros propiciaron la incorporación de los recién llegados a las comunidades autóctonas, con la subsecuente imbricación cultural (transculturación) y biológica (mestizaje).

Todo parece indicar que, a partir de estos hechos, comienza a extenderse por toda Cuba –y en virtud de iguales transferencias biológicas y culturales– el modo de vida (economía, cultura) mesolítico, identificable arqueológicamente por múltiples indicadores directos e indirectos, entre ellos, por la presencia de la tradición técnica de construcción de vasijas y gubias, mediante procesos de rotura y fractura por percusión en conchas de gasterópodos marinos, principalmente en especies del género Strombus, la que, por su más probable “origen” en la región de Manicuare, península de Araya, Venezuela, llamamos Tradición Manicuaroide.

Existen algunos indicios concretos de que, casi simultáneamente con el inicio de este proceso transcultural en el extremo occidental de Cuba, comienza otro semejante en su extremo oriental con la aparente incorporación al protoarcaico de esa región de portadores, también mesolíticos o arcaicos, de otra tradición técnica, antillana en este caso, que, con remoto “origen” en la isla Trinidad, se habían desplazado durante algunos siglos de isla en isla hasta llegar a Cuba procedentes del actual Haití. Es por el sitio Bawari Trace, en la isla Trinidad, donde aparece con mayor antigüedad (7 000 años) la que denominamos Tradición Bawaroide, y es arqueológicamente identificable por la técnica de elaborar artefactos líticos con simetría bilateral y cierto pulimento.

Con el tiempo, ambas tradiciones llegaron a extenderse y mezclarse por toda Cuba, aunque, como se ha explicado, con aparentes “focos” en los extremos occidental y oriental, y siempre insertadas en contextos arqueológicos correspondientes al nivel mesolítico, mesoindio o arcaico.

Finalmente, hace unos 1 300 años, pequeños grupos “inmigrantes” procedentes también del actual Haití, aunque ya de nivel neolítico, neoindio o agroalfarero, esto es, portadores de tradiciones agricultoras y ceramista, comenzaron a arribar a Cuba por su extremo oriental. Estas nuevas migraciones tuvieron iguales causas y modos de producirse que las anteriores, así de manera que en ningún momento implicaron el desplazamiento forzoso de las otras comunidades más autóctonas y de menor desarrollo socioeconómico y cultural –como se sigue afirmando ciegamente– hacia el extremo occidental, todo lo contrario, significaron un nuevo proceso de “mestizaje” biológico y cultural, probado por elementos de etnografía comparada, la lógica elemental, y la irrecusable evidencia arqueológica de la presencia de la Tradición Manicuaroide en el agroalfarero o taíno de Cuba, faltando en el de otras islas antillanas donde aquella tradición nunca había llegado y por las que habían transitado a lo largo de siglos los grupos agroalfareros, a partir del delta del Orinoco.

Ese proceso de expansión de la cultura taína o agroalfarera no alcanzó el extremo occidental de Cuba, debido a la presencia e influencia de nuevos grupos inmigrantes de origen hispano, a partir de 1510, los que portaban una cultura europea medieval, con algunos elementos de capitalismo primitivo, y que sí llegaron en expediciones de conquista y dominación previamente planeadas que, repito, interrumpieron el proceso de extención de estas culturas aborígenes.
Quedaría por agregar, en cuanto a los posibles o seguros lugares de origen de las referidas exploraciones navales precolombinas, lo siguiente:

Evidencias de tradiciones técnicas muy semejantes a la seborucoide han aparecido en Haití, Santo Domingo, en el suroeste de Estados Unidos y en la región atlántica de Nicaragua, pero no disponemos de información confiable sobre sus antigüedades o los contextos en las que aparecen.

Con respecto a los indicadores de Tradición Manicuaroide, hay más información: en adición del sitio Manicuare, con 3 570 años de antigüedad máxima, también aparecen en otros sitios de la península de Araya y del oriente venezolano, en las islas Cubagua y Margarita, en la isla Aruba (Antillas Holandesas), en toda Cuba, incluyendo Isla de La Juventud y otros puntos del archipiélago cubano, con antigüedad máxima conocida de unos 3 500 años. En La Florida, con otra función, pero con igual “carta tecnológica” y en algunos sitios mayas preclásicos de la península de Yucatán, con alrededor de 2 000 años de antigüedad media.

El hecho de que se encuentren indicadores de la Tradición Manicuaroide con antigüedades congruentes en todas las áreas del Mediterráneo americano donde las corrientes marinas pudieron conducir a sus portadores, faltando en otras, viene a constituir casi una prueba concluyente de que esos desplazamientos sí se produjeron, significando para algunos de esos territorios el inicio de su Historia Naval o de su Historia Social, y para otros, solo algunas de sus primeras y trascendentes páginas, como en el caso de Cuba, donde ese fenómeno se inicia en la costa sur de su extremo occidental.

La presencia de indicadores de la Tradición Bawaroide en todo el arco antillano, con su más antigua datación en la isla Trinidad, confirma el desplazamiento de sus portadores de isla en isla y, así, de su arribo al extremo oriental de Cuba, al parecer alrededor de 3 000 años atrás.

Las tradiciones agrícola y alfarera siguieron igual ruta, con punto de origen continental en el delta del Orinoco y llegaron al extremo oriental de Cuba hace unos 1 300 años, como ya se apuntó.

En resumen, con excepción del, por el momento brumoso, arribo a Cuba de sus primeros habitantes, iniciadores reales de su Historia Social y su Historia Naval, existe una aproximación aceptablemente fundamentada sobre el conocimiento de los primeros capítulos de esas historias.

Discusión y conclusiones

Como se podrá comprender, la exposición exhaustiva de todos los elementos -hasta ahora conocidos- que sustentan los planteamientos aquí sintetizados, rebasaría los límites aceptables para una ocasión como esta, en la que solo se ha considerado oportuno apuntar algunos elementos poco manejados y otras observaciones novedosas, con el propósito principal de comunicar la inquietud científica de rescatar la verdadera historia común de esta región del globo.

Igualmente, se habrá podido comprender que la probatura de algunas hipótesis, o la confirmación de algunas tesis, depende más que nada, de la comunicación entre los implicados, del diálogo, del intercambio de información, de criterios y de la discusión constructiva.



Como ejemplo de la importancia y factibilidad de esta comunicación, tenemos el siguiente caso:

En los últimos 30 años de exploraciones arqueológicas en el occidente de Cuba, hemos observado en las playas de la costa sur de la península de Guanahacabibes y en otras cercanas, no menos de cinco fragmentos de canoas monóxilas actuales, no antiguas, que el mar ha llevado hasta allí, más dos canoas enteras que han sido rescatadas y se conservan en dos museos de la provincia de Pinar del Río. En todos los casos, el diseño y la técnica constructiva son los mismos, lo que indica que las siete proceden de la misma zona, puesto que, según se puede comprobar en fuentes bibliográficas, los diseños de estos medios, por ser resultado de tradiciones locales-varían mucho de una región a otra.

De tal manera, comparar la similitud de este diseño con el típico de alguna zona del ámbito caribeño pudiera devenir identificación de su lugar de origen, desde el cual las corrientes marinas las trajeron a Cuba. Por su carácter de objetos flotantes cuyo origen es más seguramente identificable, no por el hecho de ser canoas, estas evidencias resultan muy informativas, y conseguir esa tan necesaria respuesta es solo posible mediante el diálogo o intercambio que, cuando se logre, podrá suministrar nuevas pruebas, tal vez concluyentes, de algo tan sorprendente como pudiera ser el aporte de los ancestros de los actuales venezolanos a la existencia de los ancestros de los actuales cubanos hace más de tres milenios, con todo lo que eso significaría para reafirmar, mucho más, la verdad de que todos tenemos un origen común, de que somos hermanos, y de que solo unidos como tales conseguiremos vencer los retos que el siglo XXI nos presenta a todos, como parte de esa gran familia que es la Humanidad... entre tanto, tengamos al menos la certeza de que nuestro Mediterráneo americano, como todos los mares del Mundo, no ha sido nunca una barrera entre los pueblos, sino una vía más de comunicación entre ellos.
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